30-05-2008 al 3-06-2008 : Egipto
Junio 24, 2008 by micuentaHace unos meses, cuando le comenté a un amigo que durante este viaje pensaba ir al Cairo, simplemente me dijo : “¿A qué? ¿A sufrir? Yo viví 2 meses allí: es sucio, ruidoso… los egipcios son muy densos”. El vive en Alemania y suele ser bastante maniático del orden y la limpieza, así que pensé: “está exagerando”. Pero no: ojalá lo hubiera estado.
El Cairo hay que vivirlo. Es “distinto”. Es muy intenso. No puedo recomendarle a nadie ir allí, pero si tienen pensado ir, a la vuelta intercambiamos opiniones. Es una experiencia que hay que vivirla y es simple: uno se sumerge y vive la experiencia, o sufre cada día.
No puedo decir que lo haya sufrido, porque mentiría. Me resultó incluso pintoresco, pero tengo que reconocer que llegaba un momento en el día donde lo único que quería era aislarme en una capsula a-temporal, a-espacial, a-cultural y con pileta de natación, que en nuestro caso se llamaba “Marriott Hotel”.
Si yo tuviera que decir qué me resultó más molesto (aparte de la guía que contratamos para el tour), diría que fue el ruido. Tienen un modo muy particular de conducir: no respetan carriles, no respetan semáforos, no respetan vías, no respetan andenes, no respetan señales, no respetan peatones, no respetan. Conducen con una mano sobre la bocina y “anuncian” cada maniobra con un bocinazo: si van a doblar, pitan; si van a frenar, pitan; si van a pasar, pitan; si van a adelantarse en medio de la ruta, pitan. Pitan por cualquier cosa. El caso más típico es el del taxista: se trata de un sujeto que maneja un auto cuyo modelo jamás es superior al año 1985, jamás. Avanzan en medio de la calle tocando bocina y cada vez que pasan junto a una persona que no tiene túnica, pitan varias veces seguidas. Algunas veces resuelven directamente detener el auto en cualquier parte y comenzar a pitar, mirarte y hacerte señas para que subas al taxi. Parecen no entender que si uno no está haciendo señas de que necesita un taxi, es porque en realidad no lo necesita.
Cairo es una de las pocas ciudades africanas con transporte público. Los taxis en Cairo no tiene taxímetro, y si lo tienen no funciona, así que el precio se arregla antes de subir al auto y se pelea como todo precio en un mercado egipcio. Por lo general, un viaje de 30 o 40 cuadras en taxi, no supera las 8 o 10 Libras Egipcias (1 € = 8.35 LE). Un viaje de 30 cuadras en taxi, puede llegar a durar 40 minutos ya que el transito del Cairo está más constipado que aquellas mujeres de la publicidad del yogur “Activia”. La experiencia de pasar 30 minutos dentro de un auto sucio, con 40 grados, sin aire acondicionado, cuyas ventanillas no abren bien y cuyas puertas abren más que las ventanillas, puede ser “incomodo” para una mujer como Eva.
Señores, lo que les trato de decir es que Egipto no es fácil, y si uno no se deja llevar, la pasa mal.
La persona más pobre que uno puede llegar a imaginar (en Argentina o en Colombia) para ellos es simplemente “clase media”. Y esta gente, ya sean musulmanes o incluso cristianos, están tan preocupados por la otra vida que no reparan en ciertos “detalles” referente a esta: cuidado adecuado del legado, higiene, ecología, salud de sus habitantes.
Nos contaron que Egipto cuenta con 8 millones de turistas al año, mientras que España, por ejemplo, cuenta con 60 millones. Esto es debido a dos cosas: la primera, falta de infraestructura y medios de transporte (no se invierte en la construcción de hoteles, hospitales, carreteras, restaurantes, barcos, trenes y buses), y la segunda, porque la gente que va, no vuelve.
Los egipcios siguen viviendo del legado cultural que dejaron los faraones: sus monumentos, sus tumbas, sus tesoros, sus museos. Pero nada de esto está cuidado debidamente. Nadie prohíbe que la gente toque las esculturas, los sarcófagos, y demas monumentos, así que todo está manchado y los mármoles, sucios (cuando no escritos con marcador).
Pero no quiero que esto se convierta en una crítica burguesa a la cultura egipcia, ya que hay que reconocer que los egipcios son muy amables y uno camina por las calles a cualquier hora y no teme robos ni ninguna situación de violencia (“porque les cortan la mano”, bromea Henrik nuestro actual anfitrión en Berlín). Es chocante porque te acosan ofreciéndote cosas, hablándote, tocándote si sos muy blanco y rubio -no es mi caso, naturalmente– etc.
Pero bueno, voy a contar un poco sobre Menfis, Sakara, Alejandría, las pirámides de Giza y la esfinge, que mi vieja debe estar desesperada por saber si le llevo arena del desierto: No, madre, no te llevo porque se acaba, pero te compre un imán.

Antes que nada voy a romper el secreto mejor guardado de los egipcios y temo que alguna maldición me persiga por el resto de mis días: señores, las pirámides están rodeadas de casas y no en medio del desierto como muchos creen. La esfinge, por su parte, se ha convertido en un palomar, lo cual evidencia el nivel de urbanización de la zona.
Como dije antes, lo más estresante del viaje (en mi caso) fue la guía. Contratamos un tour individual: sólo nosotros dos, la guía y el chofer. Nunca antes había contratado un tour y nunca más volveré a hacerlo. Pero prefiero seguir adelante con el relato y no detenerme a contar la forma en la cual los guías te apuran para que llegues a tiempo a todos lados (aunque nosotros SIEMPRE la hacíamos esperar), porque me voy a agarrar tal calentura que voy a dejar el relato acá. Aunque puedo decir que ahora comprendo perfectamente porque a estos tours individuales ellos los llaman “tours privados”: y es porque estás privado de tiempo, privado de tomar fotos, privado de mirar tranquilo, privado de todo.

Prosigo. Lo primero que visitamos fue Menfis, primera Capital del imperio antiguo. Allí vimos algunas estatuas y sarcófagos, pero lo más impresionante (¿lo único?) es una estatua de Ramses II de 13 metros de altura que yace en el piso y a su alrededor se construyó un edificio que la contiene. Del resto de la ciudad, hay poco y nada, entre el abandono de la gente y las inundaciones del Nilo, quedó todo sepultado.
Luego fuimos a Sakara, allí visitamos la pirámide escalonada mientras la temperatura ascendía a más de 32 grados. Luego de comer, finalmente fuimos a Giza.
Los monumentos en Grecia son templos, donde la mayoría de ellos cuentan con columnas, una escalera, una prenaos y una naos. Son siempre abiertos, y uno se siente en un parque. Pero los monumentos egipcios son otro plan. Más impactantes, más misteriosos: pirámides, templos ocultos, pasadizos, catacumbas. Y mientras los griegos fueron construidos para adorar a los dioses, estos son básicamente tumbas.
Cuando llegamos a Giza, tomamos una fotos frente a la pirámide de Keops, la más grande, y luego ingresamos a la segunda pirámide, la de Kefren. El ingreso a la pirámide es por un pasillo muy pequeño, donde hay que ingresar agachado y falta el aire. No se puede filmar ni tomar fotos. Los pasillos son en linea recta, ascendentes y descendentes: primero se descienden unos 10 metros mientras se avanzan 30, luego se caminan otros 20 en forma recta y finalmente se ascienden unos metros mientras se avanzan unos 30 o 40 metros más. Se llega a una cámara de 4m ancho x 6m largo x 6m alto (todos estas distancias las estoy estimando/inventando). Allí se encuentra un sarcófago de granito negro al nivel del suelo. Dentro de la cámara no se encontró ni la momia, ni el tesoro, ni nada. Todo fue saqueado. Belzoni la descubrió en 1818 y dejó escrito, con grandes letras que perduran allí: “Scoperta da G. Belzoni 2 mar. 1818”. La cámara no cuenta con bajos ni altos relieves. Es sólo un espacio liso calado en la roca con un techo a dos aguas, pero la experiencia de caminar por dentro de la pirámide es fuerte: uno imagina la cantidad de gente que tuvo que haber muerto en torno a la construcción de esa tumba.
Detrás de esta segunda pirámide se encuentra la más pequeña, la de Mykérinos, que actualmente está cerrada. Mykérinos era hijo de Kefrén y nieto de Keops. De modo que la segunda es menor que la primera para respetar al padre, y lo mismo ocurre con la última.
Luego de ver las pirámides, nos dimos una vuelta en camello. Fue simpático, aunque corto. En lo personal, recomiendo una vez más la mula de Santorini (risas). Estos bichos (los camellos) son muy altos (casi 3 metros) y cuando se paran y se sientan uno piensa que va a salir disparado.
Detrás de las pirámides, a unos 400 metros, se encuentra la Gran Esfinge, que no es, sino que finge ser esfinge y no es esfinge sino palomar. Otra cosa más para remarcar: la esfinge no se encuentra entre las pirámides, como se suele mostrar “en la figurita”, sino más bien detrás de ellas, alejada.
Fue muy bueno estar allí, pero desgraciadamente el predio cierra a las 4PM, de modo que la hora de visitar Giza es la peor: con el sol reflejando en cada grado de arena, y si a esto se le suma la bruma constante que existe en Cairo y Giza, especialmente en las mañanas, hija de la polución, resulta un lugar donde es difícil obtener una buena foto sin tomarse tiempo.

Transpirados y casi sin aire, salimos del predio. Es chistoso esto, pero a 30 metros de la esfinge hay una puerta de reja donde se acaba el “desierto” y detrás de ella está toda la civilización: en lo que a separación de espacios se refiere, ir a las pirámides en Giza es como ir al Zoo de Buenos Aires (¡que hijo de puta que soy, no puedo hacer esta comparación… me van a excomulgar! Bue… ya está, ya la hice).
Al otro día fuimos a Alejandría. Viajamos 4hs en medio de todo el tráfico y el desierto para llegar hasta allí y casi 5hs para regresar al Cairo.
Alejandría es un poco más ordenada que El Cairo, pero no dejan de tener ciertas cosas en común. Es una ciudad grande con mar, con balnearios, como Mar del Plata (sigo con mis comparaciones sudacas) pero sólo lo usan los hombres, mientras que las mujeres musulmanas esperan fuera de la playa, o retiradas bajo una sombrilla, con los niños: “ellas esperan abajo de una sombrilla, llenas de trapos, con los niñitos”, en palabras de Eva. Las otras mujeres, que no son musulmanas, prácticamente no van, ya que se sienten muy raras y diferentes al usar un traje de baño.

En Alejandría visitamos unas catacumbas que quizá fueron lo más impactante del viaje, tal vez más que las pirámides, salvando las distancias. Desgraciadamente esta prohibido tomar fotos, de modo que no pudimos hacer nada, aunque Eva se encargó de filmar un video “ilegal” donde se muesta la parte de atrás. No tenemos registrados los frescos de las paredes ni las las esculturas. La guía nos contó que cuando sorprenden a alguien filmando o tomando fotos le ponen multas de hasta 200 USD (que la verdad no sabemos en que se invierten posteriormente).
Luego, fuimos a la nueva Biblioteca de Alejandría. Un edificio con muchísima tecnología que contrasta con el resto de lo que conocimos de Egipto. El diseño del edificio se definió en una competencia entre 650 firmas de arquitectos de todo el mundo, y finalmente ganó Snøhetta, un (hasta ese momento) pequeño estudio arquitectónico noruego.
Lo que más me sorprendió del edificio –por lo funcional– es el techo, que permite ingresar luz todo el día mientras que los rayos del sol no penetran directamente.
Al otro día fuimos a la mezquita de Mohammed Ali (no Cassius Clay, no Seineldín) donde, para poder entrar, debimos quitarnos los zapatos y como a Evita se le veían las piernas, la cubrieron con una túnica verde mugrienta “que olía a chucha“. Imaginarán ustedes cuánto Eva disfrutó esta parte del paseo.

Al dejar la mezquita, fuimos al bazar de Cairo: Khan El Khalili. Una calle larga y mugrosa de tierra, llena de gente que te ofrece cosas cuyos precios pueden llegar a bajar hasta el 20% del valor inicial. En Cairo –como en el resto del mundo– todo souvenier, estatuita de Tutankamon, Nefertiti, piramide, etc… ES CHINO. TODO. De modo que “salimos” de allí luego de recorrerlo de punta a punta en 30 minutos, cuando la temperatura alcanzaba los 42º grados. El clima de Cairo es tan húmedo como Buenos Aires, osea: muy húmedo.
Ya era mucho el calor, de modo que no pudimos seguir con el tour y decidimos –luego de una fría discusión con la guía– quedarnos en el hotel, ir a la pileta, descansar, y por la tarde visitar el museo de El Cairo.
El museo tiene muchísimas cosas para ver, más de 120.000 objetos y es muy grande. Desgraciadamente está muy descuidado y no se pueden tomar fotos dentro del museo, aunque sí dejan que la gente toque las cosas, de modo que se han ido formando manchas negras alrededor de los sarcófagos y estatuas, una pena.

El tesoro de Tutankamon –el más pequeño de todos– y los sarcófagos donde se halló su momia, son sorprendentes. Y uno puede ver cualquier réplica, foto, etc.. pero cuando se tiene la máscara frente a uno, tras un vidrio a 15 centímetros, es verdaderamente perfecta y se pueden distinguir los rasgos de aquel niño detrás del oro. Sin dudas, te deja sin palabras.
Al otro día regresamos a Grecia para disfrutar de nuestra última semana en Vravrona e islas, antes de viajar a París.
El Cairo es un lugar raro, capital del país, una ciudad intensa, la mayor del mundo árabe y la mayor de todo Africa. No estaría seguro de recomendarla directametne, pero –una vez más– quien tuviese la oportunidad, debería visitarla.


































