Nos despertamos y desayunamos en el hotel. Frente a nosotros había una familia francesa cuyo hijo menor vomitaba todo lo que se comía y su madre ya no sabía que hacer con el vómito. Es la verdad.
Fuimos hasta la estación central y tomamos el un tren. La realidad es que son tantos los trenes (¡nuestro anden era el 103!) que no hace falta esforzarse mucho para equivocarse.
Minutos antes de tomar el tren tuvimos una charla en la cual disertamos acerca de cómo ahorrar dinero en Europa evitando pagar los pasajes ya que casi no los controlan (€3.6 cada ticket). Me pregunto de qué nos quejamos en Buenos Aires… sí, lo sé… y no empicen con que el servicio no es bueno, porque si mañana nos ponen el servicio de los alemanes y nos dicen que ir y venir del laburo en subte nos sale $30 vamos a quejarnos lo mismo… o más.
Apenas ingresamos al tren y este arrancó, apareció un gordo gigante que nos pidió los boletos (nuestra teoría acababa de caerse). Tres minutos después de revisar los tickets y dar vueltas por resto del vagón, el grandote se nos acerca y dice “¿Van al aeropuerto? Tomaron el tren equivocado. Bájense en la próxima estación, crucen el andén, paguen de nuevo, vuelvan a la estación central y tomen el tren hacia el aeropuerto que para en el mismo sitio donde tomaron este: es el S8 o S9… no el S1 que tomaron”. A mi me habían dicho otra cosa cuando compré el ticket, pero a la mierda! Ya estabamos ahí… vaya a saber dónde.
Fiel a nuestra constumbre, ya estabamos demasiado atrasados. Salimos del tren, y vimos cómo se iba el del andén de enfrente (¡¡jueputa tren!!). Esperamos otros 5 minutos. En poco más de una hora salía nuestro vuelo.
Eva llega desde el fondo de la estacion gritando: “¡Entiendo alemán! ¡Entiendo alemán!”, pues una viejita le había estado explicando dónde pararse para ingresar al tren. Claro, Eva le había respondido en alemán que ella no hablaba el idioma, de modo que la señora continuó con su explicación… y Eva entendió todo!
Esperamos unos minutos más y salí a buscar un taxi (en el medio de la nada). Finalmente conseguí un taxista que nos llevo hasta el aeropuerto. El tipo me adelantó que nos cobraría €20. Cuando llegamos, le pregunté de dónde era (imaginar lo siguiente en la voz de Apu): “I am from Pakistán and I give you the right price: 20,10 euros”, lo que marcaba el reloj.
Tomamos el vuelo de Olympic hacia Atenas.
A las azafatas más mala onda del mundo las conocimos allí, a 5000 metros de altura. Finalmente llegamos a Atenas y ya nada importó.
A Mery (la mamá de Eva) la encontramos dentro del aeropuerto ya que nuestro vuelos llegaron juntos. La ayudamos con el equipaje y salimos…
En el hall del aeropuerto, estaba la tía de Eva, Meri (¡la otra! A esta Meri la llamaremos “Tía Meri”, ya que la mamá de Eva tambien se llama Mery y nos confunde el relato). Subimos la maletas en 2 autos y nos fuimos a la casa (en Vravrona, a 40 km de Atenas) donde nos esperaba Petros (el tío, un personaje increíble de quien ya hablaremos).

La casa es Babel:
Petros habla griego con Tía Meri, francés con Eva e inglés conmigo. Con Mery no habla, aunque le pasa los mensaje “vía Eva”.
Tía Meri, por su parte, habla una mezcla de francés con un poco de griego, inglés y español con Eva, e inglés conmigo. Como ella habla un poco de español, le charla a Mery. Kostas (uno de los primos) habla algo de español, pero a Eva le preocupa que no le entienda, de modo que hablan inglés, y Mery mira la TV (en griego naturalmente y no comprende, pero se ríe lo mismo y está feliz).
Tras pasar un rato en la casa, fuimos a caminar todos juntos. Resulta ser que aquí al lado vive uno de los personajes más ricos de Grecia, y cuando Puttin viene a reunirse con el presidente griego, el dueño de la casa (que ven al fondo de la foto) lo acompaña a todas la reuniones (nos cuentan “los lugareños”). El tipo se hizo hacer un helipuerto frente al mar… ¡No! ¡Una cosa de locos! En frente vive otro millonario, dueño de la empresa de lácteos más grande del país. Esta gente sólo pasa parte del año en esas casas.
Luego nos fuimos “aquí a 2 cuadras” a la costa del Egeo y terminamos recolectando sal de las piedras (ahora tenemos nuestra propia sal marina 100% natural y sin aditivos) y sacamos esta foto de Eva con los brazos sobre el horizonte: entre el cielo y el Egeo

Volvimos cuando oscureció y se puso frío. Tia Meri había preparado Spanakópita: una especie de tarta de espinacas con masa filo muy sabrosa.
Hoy fue un día largo.
Pablo & Eva.