Salimos desde el puerto de Naxos en el mismo Ferri que nos había traído.
Cuenta la historia –y los geólogos la confirman– que Santorini era una gran isla, quizás tan grande como Naxos, con un gran volcán en el medio (que aún está allí) y luego de su erupción, alrededor del 1600 AC, el centro y lado sur de la isla se hundieron, quedando así solo visible esa forma de croisant que hoy se le conoce. Aquella erupción es considerada aun hoy, una de las más grandes del planeta. Quizá sea por eso que la llegada a Santorini es tan impactante: el ferri comienza a acercarse a esa mole en forma de medialuna y se topa con unos inmensos acantilados de (tal vez) 500 metros de altura y en la cima se ven todas las casitas. Los acantilados no son otra cosa que el corte que sufrió la isla al hundirse.

La metodología aplicada para conseguir hotel, fue la misma utilizada en Naxos. Una vez que nos hospedamos, fuimos a comer. La comida no fue de lo mejor, pero nos trajimos esta foto del sitio, ya que el mozo se paseaba por las mesas con un festival de entradas para que los turistas eligieran los suyas. La comida en Santorini no fue gran cosa, es mucho mejor en Naxos, incluso en Atenas… pero la de la casa de Tia Mary en Vravrona y la de Kikí, su hermana (que desde enfrente nos manda platos a diario) son inmejorables.
Santorini es otro plan, todo armado para el turista, lleno de gringos, alemanes, japones e ingleses fácilmente reconocibles: el look comienza con una camiseta “manga corta” blanca con cuello de camisa (“chomba”, en Argentina), bermudas color “caqui”, cinturón al tono, calcetines blancos, zapatillas de trekking, gorrito (“cachucha”, en Colombia) y una gran cámara colgando “a lo japonés”.
El hotel donde nos estábamos quedando se encontraba en Fira. El día que llegamos, comimos y salimos a caminar por las callecitas y ver la caldera, que comenzaba justo detrás del hotel. Pasamos por una agencia de turismo y contratamos un tour por el volcán y las termas (hot springs, que de “hot” no tienen mucho).
Al otro día nos levantamos y caminamos hasta el Viejo Puerto, desde donde salía el barco de la excursión. Para llegar hasta el puerto hay 3 vías: bajar a pie los casi 700 escalones de la caldera, tomar un teleférico que tarda 30 segundos o bajar en mula. Elejimos descender a pie, pero a la vuelta regresamos en mula y estuvo buenísimo.
La excursión consistía de un viaje en barco hasta el volcán (Nea Kameni) y luego a otra isla más pequeña donde están las termales.
Llegamos al volcán, caminamos hasta el centro de la isla donde se encontraban los cráteres y pudimos ver las diferentes erupciones que se habían suscitado. Luego regresamos al barco y fuimos a la isla que está detrás del volcán (Palea Kameni). Como el volcán sigue activo, en las profundidades del mar se generan corrientes cálidas, algunas de ellas peligrosas ya que hay zonas donde el agua alcanza los 200 grados (lo se: esto no es “agua” sino “vapor”, supusimos lo mismo, pero no somos químicos). Pero no era el caso de las termales a las que fuimos nosotros. El barco se detuvo a 50 metros de la costa donde la profundidad era de 10m, y no se podía acercar más. La temperatura del agua era de 18 grados. Había que saltar del barco y nadar hasta la costa junto a las piedras donde la temperatura alcanzaba los 25 grados: a esto llaman termales. De modo que apenas se detuvo el barco, Eva saltó por la popa y yo la seguí. Estuvimos unos 30 minutos en el agua hasta que el barco comenzó a hacer sonar la sirena y tuvimos que volver a nadar hasta él.
Cuando regresamos al puerto, optamos por subir las escaleras de la cadera en mula, ya que el teleférico es muy rápido y no se disfruta. El viaje es muy chistoso porque te suben a la mula, le pegan en el culo con una varilla y la mula va… y la gente tiene que esquivarla ya que ella va en zig-zag acercándose mucho a los bordes del precipicio en cada curva.
Cuando regresamos al hotel, alquilamos una moto y nos fuimos a Oía, una ciudad en la otra punta de la isla, famosa por sus atardeceres. Es verdaderamente hermosa.
Cuando llegamos a Oía (se pronuncia “ía”) tomamos algunas fotos y nos encontramos con un grupo de gente esperando el atardecer apostados sobre la torre de un viejo castillo. Alrededor de las 20hs comienza el espectáculo fascinante de la puesta del sol.
En medio de ese delirio de turistas y fotógrafos, sobresalían dos chicas que no paraban de reírse, equipadas con filmadoras montadas sobre grandes trípodes: una apuntando a la gente y la otra al sol. Comenzamos a hablar con las chicas y nos contaron que venían desde Canadá para hacer un proyecto de artes audiovisuales, financiadas por su gobierno.
Finalmente, cuando el sol se fundió en el mar descomponiéndose en estelas sucesivas, la gente comenzó con los aplausos y no pude evitar recordar cuando la gente aplaude al final de una película en el cine (¿A quíen aplauden? ¿Al tipo que proyecta la película?).
Las chicas resultaron ser muy divertidas. Finalmente terminamos yendo a cenar todos juntos y luego nos fuimos a un bar a tomar algo.
Cuando nos despedimos, fuimos por nuestra moto y volvimos al hotel.
Al otro día regresamos a Atenas, donde teníamos una cena en la casa de Kostas (el primo de Eva que trabaja en el hotel) con motivo de su cumpleaños.
Santorini espera una nueva erupción volcánica, esta vez detrás de Thira, en los próximos cinco años.








Junio 13, 2008 a las 3:30 pm |
jajaj la foto de Eva con la mula!
me recuerda a la noche de AcaBar y la mascara del burro!!
besos penderejetes!
Junio 14, 2008 a las 12:32 am |
Eso me había platicado mi amiga Claudia. Lo de la mula! es buenisimo no? jeje…
qué lindo lo de las islas. Y el atardecer…hicieron fotos!?